Por: Alberto Póndigo
Monsieur Bibot, el dentista, era un hombre muy exigente.
Tenía su pequeño apartamento muy bien ordenado y limpio, lo mismo que su
consultorio.
Si su perro, Brown, saltaba sobre los muebles, Bibot no
dejaba de darle una lección. Excepto el día de la Revolución francesa, el pobre
animal no podía ni ladrar.
Una mañana, Bibot encontró a una anciana que lo esperaba
frente a la puerta de su consultorio. Tenía dolor de muelas y le rogó al
dentista que la ayudara.
—¡Pero si no tiene cita! —dijo él. La mujer dejó escapar
un gemido. Bibot consultó su reloj. Tal vez tenía tiempo de ganarse unos
cuantos francos más. La hizo pasar y le revisó la boca.
—Tendremos que sacarle la muela —dijo con una sonrisa y,
una vez que hubo terminado, añadió—: Le daré unas píldoras para el dolor. La anciana estaba muy agradecida: no puedo pagarle con dinero —dijo—, pero tengo algo
mucho mejor. —Sacó un par de higos de su bolsillo y se los tendió a Bibot.
—¿Higos? —dijo él, enfadado.
—Estos higos son muy especiales —susurró la mujer—.
Pueden hacer que sus sueños se hagan realidad. —Le guiñó un ojo y se llevó un
dedo a los labios.
Para Bibot estaba claro que se trataba de una loca. Puso
los higos sobre la mesa y tomó del brazo a la mujer. Cuando ella le recordó las
píldoras, Bibot respondió:
—Lo siento, ésas son sólo para los clientes que pagan —y
la empujó hacia la puerta.
Esa tarde, Bibot sacó a su perro a pasear por el parque.
Al pobre Brown le encantaba olisquear los troncos de los árboles y entre los
arbustos, pero cada vez que se detenía a hacerlo, Bibot le daba un fuerte tirón
a su correa. Antes de irse a la cama, el dentista decidió tomar un bocadillo.
Se sentó en la mesa del comedor y se comió uno de los
higos que le había dado la anciana. Estaba delicioso. Era tal vez el mejor
higo, el más dulce, que se había comido jamás.
A la mañana siguiente, Bibot arrastró a Brown escaleras
abajo para el paseo matutino. Los escalones eran demasiado altos para las
cortas patas del perro, pero a Bibot jamás se le hubiera ocurrido cargar a su
mascota: odiaba que su hermoso traje azul se llenara de pelos blancos.
Mientras caminaba por la acera atestada, Bibot notó que
la gente se le quedaba mirando. “Admiran mi traje”, pensó. Pero cuando se vio
reflejado en el ventanal de un café, se detuvo horrorizado. Sólo tenía puesta
la ropa interior. El dentista dio la vuelta y se metió corriendo a un callejón.
Pensó—, ¿qué ha pasado con mi ropa?”
Y entonces se acordó del sueño que había tenido la noche
anterior: había soñado que estaba justo frente a ese mismo café, en ropa
interior.
Pero algo más había pasado en su sueño, y Bibot se
esforzaba por recordar qué. Brown, acechando desde la sombra del callejón,
comenzó a ladrar.
El dentista alzó la vista y vio cómo el resto de su sueño
se hacía realidad. Nadie volteó a mirar a Bibot mientras éste corría de regreso
a su casa en ropa interior.
Todos los ojos de París estaban fijos en la Torre Eiffel,
que se iba inclinando hacia abajo lentamente, como si fuera de goma. Bibot
comprendió que la anciana de los higos le había dicho la verdad, así que no iba
a desperdiciar el segundo higo. Durante las siguientes semanas, mientras se
iniciaban las obras de reconstrucción de la Torre Eiffel, el dentista leyó
docenas de libros sobre hipnotismo.
Cada noche, antes de meterse a la cama, se miraba en el
espejo y repetía, una y otra vez: —Bibot es el hombre más rico del mundo, Bibot
es el hombre más rico del mundo. Y al poco tiempo, en sus sueños, Bibot era exactamente
eso.
Cuando dormía, el dentista se veía conduciendo su lancha de carreras, pilotando su avión y viviendo a todo lujo en la Riviera francesa. Noche tras noche era la misma historia. Un día, al anochecer, Bibot tomó el segundo higo de la alacena. No podría durar para siempre.
Cuando dormía, el dentista se veía conduciendo su lancha de carreras, pilotando su avión y viviendo a todo lujo en la Riviera francesa. Noche tras noche era la misma historia. Un día, al anochecer, Bibot tomó el segundo higo de la alacena. No podría durar para siempre.
“Esta noche, es la noche”, pensó el dentista. Puso el
fruto maduro en un plato y se dirigió a la mesa. Al día siguiente, al
despertar, sería el hombre más rico del mundo. Miró a Brown y sonrió.
El perrito no lo acompañaría en aquella vida, pues en sus
sueños Bibot era dueño de media docena de gran danés. Mientras el dentista
abría la alacena para sacar un poco de queso, escuchó un ruido como de
porcelana que se rompe.
Se volvió, pero sólo para ver cómo Brown, trepado en una
silla y apoyando las patas delanteras sobre la mesa, se comía el último higo.
¡Bibot estaba furioso!
Persiguió al perro por todo el departamento. Cuando Brown
se metió debajo de la cama, Bibot le gritó: —¡Mañana te enseñaré una lección
que no olvidarás jamás! —Después, enojado y con el corazón destrozado, el
dentista se fue a dormir.
Cuando despertó, a la mañana siguiente, Bibot se sintió
muy confundido. No estaba en su cama. Estaba debajo de su cama. De repente, una
cara apareció frente a él: ¡era su propia cara!
—Es hora de tu paseo —dijo la boca de aquel rostro—. Ven
con Brown.
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